Paisajismo Argentino

Plazas Barriales de Buenos Aires

Parte 1

ARQ. SILVINA PIETRAGALLI
smp_arq@hotmail.com

Introducción

Nuestra ciudad fue creciendo con formas inarmónicas de adentro hacia afuera, generando y reproduciendo las contradicciones de su gestación. Entre ellas, la negación del río de la ciudad-puerto o el olvido del paisaje original pampeano y la vegetación ribereña. Este crecimiento, mayormente con sentido “economicista”, fue desalojando paulatinamente el encuentro comunitario, la plaza, la presencia del verde como elemento integrador del hombre su sociedad y su paisaje.
1El proceso de configuración del espacio público de Buenos Aires se ha basado, en términos generales, en los modelos español y francés. De esta forma, se cuenta hoy con plazas mayores, plazas barriales, parques urbanos y paseos de características locales. La interacción entre la traza fundacional que pervive y una modernización superficial que tiene ya más de un siglo de presencia, parece haber dejado establecidas las áreas públicas que hoy poseemos. Sin embargo, y pese a estos esfuerzos por oxigenar la ciudad, ésta presenta una densidad y grado de contaminación ambiental para los cuales no parece estar completamente preparada.
El intento de dilución de gases tóxicos y la apremiante necesidad de dispersar el efecto invernadero demandan mayor cantidad de espacios verdes. Ante la patológica no existencia de claros disponibles, la Municipalidad de Buenos Aires ha decidido absorber los intersticios mediante el brote sintomático de pequeñas plazoletas. Son precisamente ellas el objeto de estudio de este trabajo. Las nuevas plazas barriales, producto del completamiento de las manzanas que por alguna razón particular presentaren una discontinuidad en su ocupación. Sus características, sus implicancias públicas, efectos urbanos y sus antecesores. Para lo cual será necesario consultar dos tipos de fuentes: el relevamiento de campo por un lado, basado en la observación de ejemplos que resulten representativos, y permitan un buen delineado de esta nueva tipología. Por otro, el rastreo histórico de las plazas porteñas en sus diversas instancias, sus morfologías, su uso, la relación con la trama, sus significados y las transiciones probables hacia el resultado que hoy observamos.
Territorio, pertenencia e identidad

“Hemos comprendido que la identidad de una persona necesita el soporte de un sentido del territorio... El sentido de pertenencia podría ser ayudado al darle a la construcción una pieza de territorio intacto.”
Alison + Peter Smithson, The Shift

El texto de los Smithson llamado “La intrusión” al que pertenece este extracto, fija la atención sobre el problema de la identidad. Cuestión que, por las diversas procedencias de nuestros antepasados y complejas influencias de formación de nuestro país, resulta de difusa resolución. La voluntad del texto pone hincapié en el problema del territorio inmediato del hombre, de “lo singular”. A la “pieza de territorio intacto” que desdibuja las marcas de la cultura sobre sí, ”recuperando la naturalidad, al punto de hacer que un territorio preciso pueda volverse, a la vez, El Territorio”. Permitiendo que el uso cualifique espontáneamente y cargue de sentido de la pertenencia. Probablemente una plaza barrial sea lo más cercano a este concepto, espacio público que puede ser cargado del significado y forma de uso que cada individuo se precie de hacer de él.
Sería posible preguntarse si inmersos en un contexto con tal vocación globalizadora, los espacios públicos que poseemos pueden hacernos recuperar el sentido de la pertenencia o si cada vez nos fortalecemos más en la indiferencia universalizante.

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La Plaza Mayor

La ciudad colonial hispanoamericana instaura la plaza mayor como generadora centrífuga de todo asentamiento. Este concepto original de urbanización es implantado desde las primeras fundaciones, aún las anteriores a las Ordenanzas de Población de Felipe II de 1573, y su origen se remonta al Medioevo español.
Durante los siglos XIV y XV la coexistencia de dos culturas diferentes en un mismo territorio, la cristiana y la musulmana, gesta una nueva concepción del espacio público y el sitio del comercio es trasladado a la plaza urbana. Más tarde la ciudad ideal Renacentista instaura su impronta ordenada y geométrica sobre los poblados hispanomusulmanes. Entre las antiguas ciudades mudéjares se materializa el nuevo prototipo con sus calles anchas y rectas, con paseos y perspectivas abiertas, estableciendo un amplio espacio central o plaza, con el edificio principal en su eje y aislado, siendo su punto focal la iglesia y manteniendo todos sus accesos la misma importancia.
La plaza mayor americana asumía en un mismo espacio las dos vertientes esenciales de la conquista, el poder político y la presencia religiosa. Nuestra Plaza de Mayo colonial, fundada en 1580 por Garay, era además la portada de ingreso al país, bordeada por el río más ancho del mundo. Gran escenario donde transcurría la vida de la comunidad: en principio plaza de armas y de justicia (allí se ejecutaban los condenados a muerte); luego contención del mercado, señalado por mantas, esteras o toldos plegadizos; era receptáculo de la exteriorización del culto religioso; símbolo de fiestas cívicas, de administración, de proclamas reales (más tarde plataforma o palco político); lugar destinado a las corridas de toros, (para lo que se montaba una estructura precaria de madera); a las representaciones teatrales... Un lugar «heterotópico» en el que se yuxtaponían múltiples funciones. Este ámbito de pavimento o tierra y arquitectura de bambalinas que definía sitios y funciones materializaba sus bordes con la Iglesia, el Palacio Arzobispal, el Cabildo, la Casa del Gobernador y las residencias de los vecinos importantes...
Con el tiempo, este espacio fue sufriendo un paulatino vaciamiento participativo de la centralidad. Hoy tiene capacidad de convocatoria cívica y festiva.
No se mencionan otras plazas en Buenos Aires hasta el plano del año 1769, donde aparecen la plaza de la Concepción (hoy Plaza Castelao) y de Monserrat, ambas simples espacios abiertos inmediatos a las iglesias respectivas. También figura la Plaza Nueva o de “Amarita” (donde posteriormente se edificaría el Mercado del Plata). Estos espacios se presentan como tierras remanentes en el crecimiento lento de la ciudad, paraderos de carretas, mercados de frutas, vaciaderos de desperdicios o sitios evitados dadas las tradiciones fantasmales o hechizos que se les atribuían. Fueron conformados como plazas secas, sus suelos en un principio de simple tierra, luego apisonada y más tarde de adoquines quitaban a estos espacios toda posible inserción de verde. Esto podría apuntarse como un legado formal peninsular y también como una actitud propiamente americana del rechazo al entorno salvaje.
A fines del siglo XVII se agrega la Plaza de Toros (hoy Retiro), la de la Resistencia (hoy Plaza Dorrego), la de San Nicolás y el hueco de Doña Engracia (hoy Plaza Libertad).
Al expandirse la ciudad, nuevas plazas fueron núcleos de otros barrios, reproduciendo en forma acotada las pautas que caracterizaban las plazas principales. Así, para 1829 ya aparecía la Plaza de Flores, foco de origen del pueblo fundado por Ramón Francisco Flores en memoria de su padre, destinando una manzana para emplazar la iglesia y otra para la plaza. Y más tarde, ya pasada la mitad del siglo XIX se amanzanaba y quedaba establecido el emplazamiento para la iglesia y la plaza del nuevo pueblo de Belgrano.
La cuadrícula fundacional española condicionó espacialmente el futuro desarrollo de la ciudad, las plazas posteriores (hasta 1880) serían cuadradas, delimitadas por calles, y de la las mismas dimensiones que las demás manzanas. La actitud simplista de eliminar una manzana y destinarla a plaza ha de haber sido uno de los motivos más usuales para quienes la inserción de una plaza rectangular significaba alterar el trazado, fragmentar solares de diversas dimensiones y complicar el reparto.
Era esta una sociedad cuya vida pública era una prolongación de la vida familiar, donde la puerta de calle era el punto de comunicación primario y las construcciones hispánicas, con antecedentes en la casa romana y árabe, proveían de jardines hacia adentro: los patios. El “adentro” era articulado con el “afuera” a través de la galería y el patio sosteniendo un todo en el cual cada unidad se integraba sin disonancias ni estridencias, y la calle no sólo servía para circular sino también para permanecer y participar

La Plaza Mayor americana
según las ordenanzas de
Población de 1573
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Plaza Mayor de Salamanca, José de Churriguera. (1729-1755) Esquema de recinto cerrado con planta regular, insertado en el trazado irregular de la ciudad.

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Plaza de Mayo

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Ordenamiento de la Plaza de Mayo en 1929.

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Plaza de Mayo antes de
la remodelación, 1950.

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Plaza de Mayo remodelada, 1977.




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La Plaza de la Victoria hacia 1874.

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La Plaza en 1887 luego de demolida la Recova y abierta la calle Defensa.

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La Plaza en 1929.

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La Plaza en 1964 antes de
su última remodelación
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Vista general de la plaza luego de su última remodelación.

 

Adopción del modelo Europeo

El modelo de jardín francés del siglo XVII, cuyo máximo exponente fuera Le Nôtre, expresaba mediante un geometrismo a ultranza la filosofía racional de Descartes y del “drama ficticio” de la vida reglamentada por el Estado absolutista. Triunfo de la generalidad, la primacía de la idea abrumadora y el rechazo de la excepción. Mediante composiciones simétricas, trazados regulares que abarcaban vastos terrenos y enormes ejes visuales que permitieran captar toda la composición de un solo golpe de vista, el hombre trataba de imponer su dominio sobre la naturaleza.
Durante el siglo XIX, es Inglaterra la que introduce el concepto de “jardinería pública”, emergente de una filosofía que apoyara el mejoramiento de la ciencia experimental y la imitación de la naturaleza. El jardín inglés fue aquel de la variedad, el del discurso no unitario, el de los contrastes, de las continuas sorpresas, de los rincones, de la intimidad o de la sensibilidad, el del acento en lo temporal.
Fue Adolphe Alphand quien sintetizó en un nuevo uso ambas corrientes, durante la renovación urbanística de París, para la ejecución del plan del Barón de Haussmann. Se estableció un sistema jerarquizado y ramificado en toda la capital impulsando por razones de “higiene y moralidad” la jardinería pública. Se incorporó así la idea de reunión de masas, de beneficio intelectual y material para la comunidad, de expansión lúdica y didáctica.
La absorción local del modelo liberal, encarado fundamentalmente mediante la actitud ecléctica en la Argentina, comienza a producirse desde la última década del siglo XVIII, dado que España, de la cual formábamos parte en aquel entonces, también iba aceptando y asimilando esas formas culturales. Ya emancipado el país, su influencia corresponde a un período fundamental de formación dentro del cual el total de lo construido en el sector público es colosal.
En el terreno de la jardinería se reflejó en tres niveles de paseos: la modernización de las plazas principales y secundarias, la creación de los grandes parques urbanos y el aumento de los paseos determinados por la geografía local. Esto es lo que Colin Rowe llama «una ciudad andamiaje para demostración expositiva».
Ya a mediados del siglo XIX, Prilidiano Pueyrredón, se encargó de ajardinar a la francesa las pocas plazas centrales de entonces. Luego fue D. F. Sarmiento quien en 1874 inauguró el Parque 3 de Febrero reuniendo a técnicos y jardineros franceses, polacos, suizos y alemanes para asegurar su carácter internacional. Pero la definitiva transformación de Buenos Aires se dio entre 1880 y 1887, durante la gestión del intendente Torcuato de Alvear. Allí es cuando los recursos estilísticos franceses aparecieron masivamente de la mano de J. A. Buschiazzo y E. Courtois: jardinerías elaboradas, incorporación de elementos arquitectónicos, uso profuso del agua, amplios espacios de césped, monumentos, obras de arte de significación histórica y estética. Además, infraestructura adecuada a las nuevas costumbres en boga: quioscos para pequeños conciertos musicales, cafeterías, cervecerías y restaurantes para ser vistos, y hasta baños públicos como certificación del grado de urbanidad.
La gestión de Alvear llevó a: la plantación de árboles de las plazas Vicente López, General Belgrano e Independencia; el trazado de los jardines de la hoy Plaza Miserere; la transformación de la Plaza Constitución, frente a la estación ferroviaria existente desde 1865; mejoras de Plaza Lavalle, Plaza Libertad, Plaza Garay, Plaza Rodriguez Peña, Plaza Roma, Plaza España, Plaza San Martín...
La zona de La Recoleta presentaba hasta entonces obras aisladas como la plaza de toros en el Retiro (1801), denominado entonces Campo de Marte; el parque de artillería y la Batería al pie de la barranca. Los cambios en la zona promovidos por Alvear se debieron a dos factores condicionantes: la instalación del tramway (1869), y la epidemia de fiebre amarilla (1871); situaciones que desplazaron la elite porteña de Buenos Aires de San Telmo y Monserrat hacia el Norte. Ésta era una zona prácticamente baldía, y se acordó que la ciudad que surgía a ese lado de la Avenida de Mayo llevaría un aspecto de modernidad contrastante con el de la zona homóloga: el Sur debía conservar los rastros de la influencia que lo hizo prosperar, la colonia y la estancia; el Norte ofrecería los rasgos de una nueva interferencia, los elementos constructivos de Gran Bretaña y los arquitectónicos de Francia. Respondiendo a esta finalidad, el planeamiento urbano del Barrio Norte contrasta con el resto de la ciudad. Rompiendo con el monótono ritmo de las calles en damero, a la manera americana, el Barrio Norte ofrece la originalidad de sus calles a la europea, entrecortadas por pequeñas plazoletas (Carlos Pellegrini y Avenida Alvear), por fuentes (Guido y Anchorena, Arroyo y Esmeralda), calles en pendientes o curvas como Arroyo, o interrumpidas por escalinatas o en forma de laberinto (barrio parque de Palermo chico), de tal modo que sólo sus habitantes puedan orientarse.
A partir de 1890 se alcanzó una etapa de apogeo caracterizada por la concreción de los mayores parques y paseos públicos urbanos del país. Por ese entonces Carlos Thays, gana el concurso para el cargo de director de Parques y Paseos. Desde ese puesto público hizo plantar más de cien mil árboles en las calles porteñas, remodeló los trazados y plantaciones de numerosas plazas: como Plaza de Mayo, Plaza del Congreso, Parque Lezama, Recoleta, Palermo... Creó el Jardín Botánico (1882), ensanchó y renovó parques, materializó más de diez millones de metros cuadrados de paseos públicos urbanos... Sus diseños abarcaron tanto sistematizaciones axiales como composiciones asimétricas y geomórficas. Paisajes de contención como contrapartida a las planicies pampeanas carentes de forestación autóctona. Su obra comprende también el diseño de rejas, invernaderos, pabellones de jardines, obras escultóricas y ornamentales con sus basamentos, pilares de alumbrado, parapetos, puentes, lagos y arroyos; y la incorporación de especies de otras regiones.

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Le Vaux, el punto culminante del jardín francés: Versalles.

Una lámina de los «New Principles of gardening», de 1720, por B. Langley.

 


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Los grandes parques urbanos siguieron el modelo francés (proyecto de Benito Carrasco para la ampliación del parque Nicolás Avellaneda, Buenos Aires, 1915).



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Plano de la Plaza Constitución, proyectado por E. Courtois, año 1885.

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Plaza 25 de Agosto
Las plazas barriales continuaron la tradición francesa hasta bien entrado el siglo XX (proyecto de Carlos León Thays para la plaza 25 de Agosto, Buenos Aires, 1925).

Plaza Libertad
La plaza hoy, al igual que las de fundación reciente sufre un proceso de cercado, ya no solo para que no se dañe el césped, sino también para proteger al usuario.


Los espacios verdes de la «utopía moderna»

La combinación de la ciencia objetiva y el desarrollo del liberalismo comprendieron una de las doctrinas más atrayentes de finales del siglo XIX, el positivismo. Retomados estos temas por el del Movimiento Moderno fueron extendidos al campo de la producción arquitectónica. Los primeros en lanzarse contra el eclecticismo en Buenos Aires fueron Alejandro Virasoro, Alberto Prebisch, Wladimiro Acosta y Antonio Vilar (1920-50) quienes sostenían que nuestra situación excepcional de pueblo sin pasado y sin tradición nos permitiría considerar objetivamente las condiciones de la vida contemporáneas. Pero la clase dirigente no aceptó otro modelo que el francés o inglés, y además, el pueblo, con un enorme y reciente aporte inmigratorio, imitaba las formas de la oligarquía nativa o de sus países de origen.
Esta nueva arquitectura que debía ser comprendida como racionalmente determinable, representaba la superación de la historia, respondía al espíritu de la época y se renovaba a sí misma, era terapéutica, significaba el fin del engaño, de la vanidad e imposición. Sin embargo, a pesar de la pasión mesiánica de sus arquitectos y su aparente racionalidad, estas concepciones resultaron contradictorias y confusas al llegar a los grandes planteos urbanísticos:

“Se trataba de una ciudad en la que toda autoridad había de ser disuelta y toda convención sustituida; en la que el cambio había de ser continuo y el orden completo; en la que el dominio público, convertido en superfluo, estaba destinado a desaparecer, y donde el dominio privado, ya sin razón para justificarse, había de surgir sin el disfraz protector de la fachada.”
Colin Rowe, Fred Koetter, Ciudad Collage.

La ciudad de Ludwig Hilberseimer y Le Corbusier, la ciudad celebrada por el CIAM y pregonada por La Carta de Atenas, fue resultando cada vez más inadecuada y las conveniencias fueron generando un crecimiento adulterado y omnívoro, un espectáculo de generación espontánea. Una versión opuesta a la prevista. Por esta razón, Colin Rowe afirma que “la ciudad de la arquitectura moderna todavía no se ha construido.”
Ya más introducidos en el siglo XX, Buenos Aires había sufrido un crecimiento desordenado y orgánico, hacinamiento poblacional y el serio impacto de la incorporación de nuevas actividades productivas y sistemas de comunicación. Sin embargo, en su afán sanador, Le Corbusier propone su Plan Director de 1940, en el que se ordenaban funciones alrededor de la Avenida de Mayo a costa de la demolición de la mayoría de sus construcciones históricas, para una rígida sectorización posterior de los usos de la tábula rasa resultante. Espacio exterior, propuesto como propiedad pública y accesible para una sociedad colectivizada que no despertaría sentido del territorio alguno por su escala descomunal, muy distinta a la barrial a la que estaban acostumbrados sus habitantes. El movimiento moderno no previó espacios particulares sino grandes decisiones preocupadas por la primacía de la idea de un solo pensador. La ciudad planeada como volúmenes cuya expresión interna es identificable en su exterior llevaría, según Colin Rowe, a la demolición de la vida pública. Y en aquellos planteos de grandes edificios sobre planicies desaparecería la ciudad, cuya generación había dependido hasta entonces de relaciones.
A pesar del completo rechazo de las propuestas urbanísticas del movimiento en Buenos Aires, debido al carácter político-ideológico que ésta representaba, la arquitectura moderna pudo hacerse un lugar e instaurar, en algunos casos con voluntad crítica y local, una serie de obras que respondieron a sus preceptos. Es de esta forma que se ofreció a la ciudad un espacio público racionalista, desde la arquitectura. Son pocos los ejemplos mencionables pero un caso particular de esto sería la plaza seca del Teatro General San Martín de Mario Roberto Álvarez y Macedonio Ruíz (1953-1960). En ella las geometrías prismáticas, que retoman la labor de Mies van der Rohe, enmarcan al usuario en un espacio abierto completamente austero y seco.


Plan Director para Buenos Aires de 1940, de Le Corbusier.
« Un barco (moderno como aún no existen), para respirar de pie...».
Proyecto de rascacielitos diseñados por Le Corbusier para Victoria Ocampo:
«He aquí que corre hasta perderse de vista una autorruta sobre pilotes. Dominando los árboles... las calles elevadas formadas por edificios escalonados donde están los cafés, los negocios y los paseos. Aquí los vastos edificios de vivienda con servicios comunes abiertos sobre los parques».
Conferencia del 14 de octubre de 1929.


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